
Había una vez una chica que vivía corriendo. Para ella, el espejo era solo un lugar donde revisaba si su maquillaje tapaba el cansancio. Veía su piel como una enemiga a la que había que ocultar con capas de base.
Un domingo, cansada de sentirse agotada, decidió detenerse. En lugar de cubrir, empezó a limpiar. Mientras aplicaba un poco de sérum, notó algo: sus manos no estaban trabajando, estaban acariciando.
En ese silencio, el skincare dejó de ser una tarea y se volvió un acto de respeto. Entendió que su piel era la armadura que la protegía del mundo, y que cuidarla era la forma más pura de decirse: «Te veo, te valoro y mereces ser tratada con suavidad».
Desde ese día, su rutina no fue por vanidad. Fue el ritual donde cada gota de crema era una promesa de lealtad hacia sí misma. Al final, no solo brillaba su cara, brillaba su paz.